dilluns, d’abril 16, 2007

VIAJE A WINCHESTER Y BOURNEMOUTH


Finalmente, después del intento fallido de la semana pasada, pudimos alquilar un coche. ¡Y no tuvimos que cruzarnos la ciudad para ello!

Para Semana Santa planeamos un viajecito a Brighton. Lastimosamente, no fuimos demasiado precavidos así que, cuando quisimos, nos dimos cuenta de que no había auto alguno disponible en el centro de la ciudad. Milagrosamente, encontramos uno en la zona cinco. Después de sufrir lo indecible acabamos dándonos por vencidos. El garaje cerraba a las 13.00 y ya pasaban 25 minutos de dicha hora. ¿Que por qué no llegamos? Pues porque Londres, a pesar de ser la “capital” de Europa, tiene el peor sistema de metro del Viejo Continente. Cada fin de semana cierran varias estaciones y cortan tramos de líneas con tal de llevar a cabo “engineering works” (en castellano llano lo traduciríamos como chapuzas). Así que, para llegar tan sólo a medio camino de nuestro destino, tuvimos que bajarnos en Plaistow, hacer una cola tercermundista para tomar el autobús que London Underground había dispuesto para los pasajeros, y aguantar los sudores causados por viajar en lo más similar a un tren indio en hora punta.
Al cerciorarnos de que, para hacer el trayecto equivalente a dos estaciones de metro se nos iba media hora, acabamos por poner buena cara al mal tiempo y hacer planes alternativos.

Transcurrieron los días y se me ocurrió intentarlo de nuevo, esta vez con más suerte.
El sábado recogimos nuestro Opel Astra. En Inglaterra la Opel adopta el nombre de Vauxhall debido al barrio de la capital al sur del río donde se encontraba situada una fábrica de motores para todo tipo de vehículos de transporte. De ahí también procede un vocablo ruso. Ingenieros llegados desde Moscú para estudiar la implantación del ferrocarril en su país, al apearse en la parada cercana a dicha fábrica, creyeron que era el nombre que se le daba en inglés a “estación de tren”. No se sabe si por el cambio horario o por la cantidad de alcohol ingerido, este nombre es pronunciado por millones de personas ruso-parlantes cada día.
A mi compañero de piso Miklos le bastó dos minutos para hacerse a la idea de conducir por la izquierda (aunque a veces tengo pesadillas recordando, en alguna que otra situación viaria comprometida, su cara al buscar el cambio de marchas a su derecha y no encontrarlo).

Así que el domingo por la mañana partimos hacia la turística destinación de Bournemouth, haciendo parada en Winchester. ¡Menos mal que dicha población se encuentra de por medio! Si no, el día habría sido bastante decepcionante.
Se trata de una pequeña ciudad cuya máxima atracción es su catedral. Dicho edificio, construido hace más de nueve siglos por los normandos, y donde fue bautizado el Príncipe Arturo (futuro rey) se erige en el centro de un gran parque público donde la gente se relaja leyendo o tomando el sol reposando en las lápidas que marcan la situación de sus respectivas tumbas. No deben descansar muy en paz los fallecidos si lo único que observan al mirar hacia arriba son unas posaderas que abarcan todo el ancho del ataúd. Pero, al acabar un largo y sufrido día, se pueden consolar sacando la mano y refrescándose los huesos con los últimos sorbos procedentes de las latas de cerveza abandonadas sobre la hierba. Ya dicen que la bebida ahoga las penas. A no ser que sepan nadar…
El interior de esta casa de Dios sirvió de “doble” del Vaticano en partes del rodaje de “El código Da Vinci”.
Mientras los magiares y Sílvia se entretenían en su interior, me fui a recorrer las calles con destino Castillo de Wolvesey (donde Felipe II de España y María Tudor celebraron su festín nupcial). Lo único que queda en pie son las murallas y algunas paredes interiores, así como un par de canales que abastecían la fortaleza de agua.
Antes de sentarnos a comer en la terraza de una franquicia cuyo nombre (la babosa y la lechuga) nunca he aprobado (y menos aún estando hambriento), fuimos a admirar el “Gran Salón”, la única parte del castillo de Winchester que ha sobrevivido al paso del tiempo, y que alberga la famosa “mesa redonda” del ya antes mencionado Rey Arturo y sus caballeros.

Retomamos el camino una vez llenamos el depósito con Sunday Roast, nachos y diferentes ensaladas. La sorpresa fue ver lo congestionada que estaba la autopista dirección Londres a las tres y media de la tarde y llegamos a la conclusión de que los capitalinos se apresuraban para tomar el te de las cinco en familia.

Una sensación rara nos invadió el cuerpo al entrar en Bournemouth. Es una ciudad con una disposición un tanto desarticulada y desordenada. Dicho sentimiento incrementó al llegar a sus playas. Bonitas en Internet, bonitas en la realidad. Pero la “red” a veces nos engaña. Y en nuestro caso, no reflejó la gentuza que disfrutaba de ellas tal domingo como ayer. Una población decadente que se distinguía del foráneo por la cantidad de pendientes que colgaban de sus orejas y los tatuajes que cubrían un buen porcentaje de sus pieles, por la halitosis a cerveza y alcoholes varios, por su lenguaje vulgar y por sus extrañas vestimentas (no creo que sea fácil contemplar a una chica envuelta en un abrigo de terciopelo largo de color rosa, enseñando un tanga deshilachado amarillo y montada en una bicicleta corroída por el agua en ningún otro lado).
La anécdota de la jornada fue cuando un padre de familia ebrio me llamó pervertido y corruptor de menores al hacer una foto a un conjunto de casetas de diversos colores (bastante pintorescas) junto al paseo marítimo (en la foto de abajo podéis ver como al tomarla ya me está haciendo un gesto de “desaprobación”). Se ve que ellos estaban en una de ellas y, lógicamente, salieron en la imagen. En un principio no entendí qué vociferaba. En cuanto logré descifrar sus farfullidos tan sólo se me ocurrió preguntarle qué motivo tenía yo para tomar una foto “de ellos” y que dónde estaba la gracia. Lo que llevó a ponerle más furioso y a nosotros a acelerar el paso.
De vuelta al coche no volvió a dirigirse a mí. En este caso, los efectos del alcohol (pérdida de memoria, muerte de células cerebrales, diarrea mental) me ayudaron a salir ileso al pasar cerca de semejante bulldog.

Camino a casa, paramos en un pequeño pueblo costero donde tomamos café y jugamos al Scrabble (qué recuerdos de infancia cuando jugaba a este mismo juego con mi madre). Resultado final: catalanes 140 puntos, húngaros 67. ¡Gracias mami!

2 comentaris:

jana ha dit...

ahí, ahí... tant jugar a l'Scrabble de petit... havia de donar els seus fruits, no?!;)

jana ha dit...

ja et trobo a faltar... t'estimo molt!!!! ens veiem aviat!!!