dimecres, de maig 13, 2009


NORWICH


¿Quién lo iba a imaginar? ¿Quién iba a pensar que una ciudad más conocida por su equipo local de fútbol (debido a su chillona vestimenta amarilla más que a sus proezas deportivas) pudiera cautivarnos de semejante forma?

Después de casi cuatro años y medio viviendo en Londres se nos habían agotado las posibilidades de hacer "a one-day trip" a algún lugar de interés: Brighton, Leeds Castle, Cambridge, Dover, Hastings, Rye, Bournemouth, Winchester, Canterbury, Birmingham…todas habían sido ya conquistadas. Oxford, en cambio, es como París: tan accessible que siempre la dejamos para otro momento.


De repente alzo la vista y recuerdo unas imágenes de un castillo con forma de cubo…hacía ya un año que había estado ojeando webs de turismo de las regiones colindantes a la capital, y Norwich me había llamado ya entonces la atención. No sé porqué no acabamos yendo.



Dicho y hecho, aprovechando el buen tiempo que se preveía para el lunes, compramos en Liverpool Street Station los billetes (£18 por cabeza) y aguantamos estoicamente las casi dos horas de viaje. El paisaje no es nada excepcional. Campiña inglesa, alguna entrada de agua, algún que otro pueblo pintoresco de tanto en cuanto... El sur de Inglaterra no tiene fama de ser muy montañoso, y menos East Anglia. De hecho, el castillo que sobresale por encima de los demás edificios en el centro de Norwich esta asentado sobre un montículo artificial de piedras y tierra construido por los normandos.



Norwich es la principal ciudad de Norfolk. Y, por qué no decirlo, de toda East Anglia (la capital de Suffolk, Ipswich, no le llega a los talones). Durante la Edad Media fue la segunda ciudad más importante del país, y su extensión era más grande que aquélla de la City de Londres.



La región y el país deben el nombre a una tribu germánica proveniente del norte de alemania (los anglios), que se dividieron las tierras entre la gente del sur (Suffolk) y la del norte (Norfolk).

El resto de Inlgaterra fue ocupada mayoritariamente por otras dos tribus germanas: los sajones y los jutos. Además, hubo constantes intromisiones de pueblos vikingos (daneses, noruegos y suecos). Sin embargo, los ingleses no heredaron los genes de la belleza teniendo en cuenta que, en parte, descienden de nórdicos.



Nada mas llegar, uno se da cuenta de que, a pesar de estar a a menos de 160 kilómetros de Londres, se respira otro ambiente. Esta afirmación no implica que la ciudad sea menos comercial por el hecho de ser más rural: pequeñas tiendas independientes abundan en el centro, ahogando a los nombres comerciales, que se agrupan en Saint Stephen’s Street. Sobresalen por su belleza y exquisitez las tiendas de alimentación, cucas ellas, ofreciendo quesos provenientes de pequeñas granjas situadas en condados cercanos, chutney casero, pasteles “de la abuela”, y café orgánico que te deja con las ganas de tomarte uno detrás de otro.



La primera visita obligada es el ya antes mencionado castillo, ya que se encuentra entre la estación de trenes y el centro de la urbe, y es más fácil entrar a echar una ojeada que rodearlo y tener que volver atrás más tarde.

La entrada es un tanto cara (£6), pero durante los días laborables se oferta por £1 si se accede a él entre las doce del mediodía y la una. Lo que uno se ahorra bien se puede destinar a souvenirs o a comida.

Volviendo a la fortificación, dicha construcción fue erigida por los normandos, que llegaron a la zona muy poco después de ganar la batalla de Hastings en 1066. Haciendo gala del típico y recalcitrante chovinismo francés, la piedra fue transportada desde Caen en barco a través del Canal de la Mancha. Se trataba de un edificio multi-usos: albergaba a la población, al ramado y las armas en caso de ataque, alojaba al Rey cuando caía de visita y, a veces, hasta se utilizaba como prisión temporal.

Saliendo del castillo se topa uno de bruces con las Royal Arcades, las cuales desembocan en la plaza del mercado, con sus tenderetes de colores, su inmenso ayuntamiento, el salón de los gremios y, un poco más escondido, el Forum (moderno edificio que alberga la mayor biblioteca de Norwich, y que es sede de la BBC local y de varias estaciones de radio).



Atravesar las galerías es un placer para los sentidos, por las pastelerías, las tiendas de caramelos artesanales, y el museo Colmans (la mostaza inglesa de más renombre y tradición).



Tanto los potes de mostaza Colmans como el equipo de fútbol visten de amarillo, ya que es el color de los canarios importados por una colonia de tejedores holandeses que escaparon de la represión religiosa de su país hace ya unos siglos. Tiene lógica que a los segundos se les conozca como The Canaries.





A mano derecha se encuentran las Lanes, entramado de callejuelas comerciales salpicadas de pequeñas iglesias. Como casi toda urbe histórica, Norwich también fue conocida por un par de características. En ella se decía que uno podía visitar cada día del año un pub sin miedo a repetir tugurio, y que se podía rezar en una iglesia diferente cada semana del mismo. A Dios rogando y con el mazo dando…


El hambre ya hacia aparición y lo que sonaba no eran los rugidos de los leones abisinios que adornaban la entrada del ayuntamiento, sinó nuestros estómagos. Decidimos probar uno de los tres restaurants belgas que encontramos por el camino. Desgraciadammente la extensa lista de cervezas no estaba disponible debido a los vecinos galos disfrutando de otra de sus aficiones favoritas: el bloqueo de puertos como método de protesta.



De nuevo con las neuronas en su puesto (de vuelta en el estómago), caminamos en busca de la catedral principal. Llegamos a (lo que pensamos que era) ella y nos sorprendió que estuviera rodeada de vías transitadas sin poder ser apreciada en su totalidad ni tan sólo desde la distancia (toda catedral es construída con un único objetivo: ser admirada). Algo olía a chamusquina. Volvimos las miradas al mapa y leímos en alto: “catedral católico-romana de Norwich”…”catedral católico-romana”…”católico-romana”…tardamos un buen rato en darnos cuenta de que Inglaterra no es precisamente católico-romana. Así que, después del pequeño y “sutil” error, nos dirigimos al otro lado de la población para, esta vez sí, admirar el enorme y principal lugar de culto protestante.



Sito en medio de un parque, consta de una nave principal y de un claustro maravillosos. Su antiguo techo de madera ardió hace siglos (¿Por qué “tocamos madera” para atraer a la suerte si siempre acaba quemándose?), y fue reemplazado por uno de piedra con mas de mil representaciones de la Biblia.

El detalle más cómico se encuentra en la tribuna del coro donde, entre tanto santo tallado en la piedra de los asientos, uno puede observar un antiguo portero del Norwich City.



Una preciosa calle de tierra (antiguamente el canal excavado para transportar la piedra utilizada para la edificación de la catedral desde el río) lleva al paseo fluvial, que la rodea y acaba en la antigua zona residencial noble.



La arquitectura es muy variada, abundando el ladrillo de múltiples colores al igual que las casas más cercanas al estilo arquitectónico alemán que al inglés. Aún así, se observan edificios de pared blanca y techo de paja al más puro estilo local.





Al tocar las siete el reloj empezamos a ponernos en camino hacia la estación de trenes. Otro tramo peatonal a la vera del rio Wensum, con sus nuevas construcciones residenciales aprovechando los esqueletos de antiguos almacenes, nos alegraron el retorno hasta llegar a ella.

De vuelta a la metrópolis empezamos a añorar la tranquilidad y joie de vivre de la ciudad “canaria”.

Norwich se colgó la medalla de oro como “ciudad inglesa favorita”, claro está después de Londres (que no participa en mi concurso personal). Ye veremos si Leeds consigue descabalgarla del trono.


2 comentaris:

marius Krmpotic ha dit...

VAAAALEEEEE...IREMOS!!!! PERO PORQUE RIMA CON KRMPOTIC!!!! BESITOS!

jana foraster ha dit...

Oleeee! I el teu text ben groc en honor a la ciutat canària ;)

PS: m'ha agradat això de "cucas ellas" :P